En casa coexisten teléfonos, computadoras, notebooks, netbooks y tablets de todas las marcas. Otro tanto ocurre con los sistemas operativos, según gustos o restricciones del dispositivo que ha tocado en suerte, conviven (no siempre en paz) Apple, Microsoft y Linux.
El equipo de música tiene un obsoleto lector de CD que ya nadie, salvo la abuela, utiliza. Cada uno se conecta al mismo con su equipo cuando desea compartir música. Otro tanto ocurre con los televisores, los cuales son ocasionalmente utilizados para ver la clásica y antigua televisión. La red y la impresora completan la lista de recursos compartidos.
No somos una familia que este en la cresta de la ola tecnológica ni tenemos mucha plata para dedicar al tema. Esta selva informática se ha formado con el tiempo, según oportunidades, gustos, y necesidades varias. Seguramente no utilizamos ni conocemos todas las facilidades que cada equipo brinda.
Lo importante en esta variedad es que potencia a cada ser humano que integra la familia. El foco no son los dispositivos, sino las personas. Mi hija podría conectarse con un celular común en lugar de su iPhone, pero no sería tan feliz ni le resultaría tan sencillo compartir cosas con sus amigas. Otro tanto ocurre con mi esposa a quien Linux le resulta extraño, distinto de mi hijo quien lo cambia y reinstala a gusto según los requerimientos del juego de turno.
Esto contrasta con las empresas, donde el objetivo es homogeneizar, estandarizar y normalizar. Que pasaría si se volcara parte de ese esfuerzo en comunicar, inter-conectar y relacionar los equipos. En un mundo que apuesta a la diversidad, incentiva la creatividad y promueve tomar nuevos desafíos, buscar que todos utilicen la misma herramienta es un contrasentido.
Estandarizar a veces implica un tiempo que el negocio no tiene para adaptarse a los cambios que el mercado platea, o perder una oportunidad y una ventaja respecto a la competencia.
Entre el caos informático y la normalización absoluta, existe un mundo que también tiene vida.
Al fin y al cabo, y por ahora, más importante que el martillo es saberle dar al clavo.

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