Camino a mi oficina crucé en la calle a tres personas de aquellas que juntan papeles y cartones para vivir. Buscan en los depósitos de basura y en las pilas de cajas que los comercios desechan en las esquinas. Estaban organizados de forma que dos desarmaban los cartones para ubicarlos en una gran bolsa de arpillera, similar a las que se utilizan para entregar arena y otros materiales de construcción, mientras un tercero, muñido de algo que simulaba ser un balde, tomaba agua de la canilla de un edificio cercano para luego mojar los cartones que ya estaban acomodados. Seguramente la logística total comprometería más gente, por lo menos, los que reunían y acercaban los cartones y los encargados de retirar lo reunido.
Su aspecto sucio y descuidado contrastaba con la imagen del “botellero” a quien de chico había conocido. Pasaba este en un carro tirado por un caballo, anunciándose al pronunciar su nombre en voz alta, con cierta melodía estiraba las “o” más allá de lo necesario, “boootelleroooo”. Mi madre guardaba los diarios y botellas, un hábito recurrente al punto de tener estos un lugar reservado en la cocina, donde se apilaban casi durante un mes. Cuando llegaba, muñido de una pequeña balanza pesaba los diarios y clasificaba las botellas ofreciendo un valor por el total. Su aspecto era sumamente humilde, pero finalmente era alguien que tenía un oficio y no dejaba de ser un hábil comerciante. Supongo, no recuerdo tanto, la paga consistía en unas pocas monedas, que aún cuando escasas, finalmente colaboraban con las finanzas de la casa.
No era el caso de estas personas que había cruzado, no solo su aspecto físico, la actitud tenía ausente cualquier atisbo de orgullo de su oficio.
El hecho de humedecer los cartones para aumentar el peso de lo reunido, no dejaba de ser una practica ruin, no tanto por lo desleal, como por estar dirigida a pares, a otras personas en la misma situación. Peor aún, si quien las recibía a sabiendas de esta práctica, ya hubiera ajustado el precio de forma que el mayor peso se diluyera en un menor valor por kilo.
Caminé hasta mi oficina, feliz de no tener que vivir en ese mundo. Encendí mi computadora cuyo software corría bajo una clave que alguien me había facilitado para ahorrarme el costo de comprar una licencia, y empece a ordenar las fotocopias de libros que debía leer para la facultad. La tecnología jugaba a mi favor, fotocopias y escaneos varios me evitaban el alto costo de adquirir los libros originales.
Por suerte, en mi caso no había alguien que de lejos me observara, podía seguir mojando mis cartones, total, aunque no lo notara, vivíamos todos en la misma sociedad.

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