Sobre #IA hay dos inquietudes recurrentes, el temor y amenaza que presupone y la necesidad de que sea regulada.
Que la #IA producirá un desplazamiento de determinados trabajos es un hecho, ocurre con toda tecnología que irrumpe, la imprenta, la máquina de vapor, el lavarropas. La telefonía es un buen ejemplo de la dinámica que encierra una tecnología nueva, en un ciclo en el que desplaza puestos de trabajo y crea nuevos en forma continua en la medida que se instala y evoluciona. Las telefonistas que debían unir pares de cables para conectar las llamadas, aparecieron y desaparecieron según el nacimiento y la evolución de esta tecnología.
Que la #IA supone una herramienta que permite falsear la realidad o crear imitaciones difíciles de distinguir es posible. Pero acaso no ha ocurrido esto con otras tecnologías disponibles, la radio en la que una persona supuestamente erudita lee un papel, previamente armado por terceros sin que lo sepamos, aparentando un conocimiento que no tiene, o cuando en 1938 Orson Wells transmitió por radio una adaptación de la novela “La guerra de los mundos”, desatando un caos en New York. Cuantos videos falsos han circulado de supuestos médicos que denunciaban efectos colaterales de las vacunas que eran silenciados intencionalmente. Las dudas sobre la foto de la llegada a la Luna. No hace falta #IA, quien está inclinado a creer en algo, tomará todo lo que pueda como confirmación de su creencia. La cuestión no está en la tecnología sino dentro de nosotros. Que la #IA puede generar imitaciones increíbles es verdad, pero por qué no pensar que también surgirán nuevas herramientas que nos permitirán diferenciarlas. El automóvil ha evolucionado para ser más seguro, pero también lo han hecho las habilidades del hombre para conducirlo. Entonces por qué no pensar la #IA como un desafío que le permitirá al ser humano avanzar aún más en un camino que desconocemos.
Sobre las regulaciones planteadas, no me preocupa la #IA, y sí, en cambio, la obligación de existir en el mundo digital, ya sea cuando para realizar un reclamo al servicio de cable me obliga a interactuar con un sistema sin posibilidad de acceder a un ser humano, obligándome a comportarme como un autómata, (renunciando a mi condición humana), o cuando para cumplir con mi rol de ciudadano estoy obligado a contar con un celular, un correo electrónico, o bajar una aplicación determinada.
Si, finalmente, para quien la preocupación es esa máquina que piensa, me permito citar a #Zizek:
Entonces, ¿”las computadoras piensan” o no?. La respuesta depende precisamente de esta lógica de la metáfora invertida en que, en lugar de concebir a la computadora como el modelo para el cerebro humano, concebimos al cerebro como “computadora de carne y hueso”, donde, en lugar de definir al robot como hombre artificial, definimos al hombre como “robot natural”. (La permanencia en lo negativo)
La #IA nos obliga a salir de la reducción del ser humano como “animal más inteligente”, somos desplazados de esa posición. Una nueva dimensión se abre e invita a preguntarnos sobre lo que somos, por suerte venimos ejercitándonos hace por lo menos unos 2500 años.
PD. “Cuestionar”: viene del latín “quaestionari : someter a tormento a un reo para que confiese” (RAE). Quizás aparte de verificar las fuentes también, y aquí el tormento es dirigido hacia nosotros, debemos salir de nuestra zona de confort y preguntarnos por qué queremos creer en esa respuesta.

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