Por lo general en el día de la mujer se eligen a aquellas personas que han sido exitosas en sus carreras; artistas, científicas, investigadoras y empresarias. Pero quizás, para destacarse, no haga falta sobresalir.
Nació en el delta del Paraná, en una casa con paredes de adobe, una cocina donde los dulces se cocían lentamente al calor de la leña y una mesa generosa donde hijos y nietos, hermanos y parientes siempre tenían un lugar. Contaba que su familia había escapado de la fiebre amarilla que azotaba Buenos Aires a esa zona inhóspita muy distinta de la Italia originaria.
Un bote a remo fue el medio de transporte para ir al colegio en el que cursó solo hasta 3er o 4to grado. Era todo lo que enseñaban en el lugar.
Su marido falleció joven. Quizás recaló en el delta buscando dejar atrás el rigor de la primera guerra que lo vio marchar con la edad mínima desde su inicio y hasta el final. Quizás el horror del frente finalmente tuvo un poco de pudor y le concedió algo más de tiempo, no mucho, pero el suficiente para formar una familia. Quizás, solo quizás, porque de la guerra no hay nada que se pueda rescatar, nada que contar, y el solo conservaba silencios.
En sus cumpleaños amasaba ravioles y hacía estofado para todos, hijos y nietos, en una mesa ruidosa y larga. La recuerdo con su delantal manchado de harina y los dedos rechonchos, cortando la masa sobre la mesada con infinita prolijidad, mientras sus nietos corríamos en la casa.
La vida la llevó a tierra firme, pero siempre en el verano regresaba al delta. Hábil nadadora, paseaba tomados de sus hombros a los nietos que aún no sabíamos nadar. Única pescadora que he visto tirarse al agua para atrapar un dorado en el preciso momento en que éste lograba liberarse de la trampa que lo sujetaba.
En esa isla, más conocida por su apellido que por el nombre oficial, las largas sobremesas de la noche iniciaban temprano con el vermú y el encendido de los faroles a kerosene, antes de que cayera el sol, y terminaban tarde, cuando los ojos ya cansados de la poca luz que iluminaba las cartas, pedían un descanso. No había televisión ni electricidad, y la radio permanecía muda e ignorada, demasiadas historias, mucho para compartir y conversar, la relegaban en algún estante. Los silencios solo se hacían para escuchar el río, la sudestada, o el ruido de las casuarinas que nos alertaban sobre el tiempo que vendría.
Siempre sonriente, refugio seguro de padres enojados. Abuela abundante que siempre tenía un dulce para dar y otro para atesorar. Debe haberse enojado alguna vez, no lo recuerdo.
En ese delta la palabra familia tenía una dimensión especial, una isla donde primos, tíos, y tíos abuelos convivíamos, donde los adultos criaban propios y ajenos. Vista desde lejos, hoy pareciera que el agua no era lo que la separaba sino lo único que compartía con este mundo.
En momentos en que se premia a aquello que descolla, elijo por sobre todo, a quienes en el silencio de sus actos nos apuntalan y nutren, nos enseñan y nos abrazan. Podemos no ser nada, pero si algo somos, se lo debemos a ellos. Madre de madres, y de nietas. Cabeza indiscutible de una familia donde matriarcado o patriarcado eran términos vacíos.
No digo que no esté bien competir, ni que esté mal premiar a quien se destaque. Solo que reducir el reconocimiento a unos pocos, o unas pocas en este caso, sería solamente una visión ideologizada que no nos permite ver la otra cara, o lo que es lo mismo, poner una vocación por sobre otra, cuando el valor está en la entrega con la que se la abraza.
Así que, en tiempos en que todo debe tener una etiqueta, en que nos apresuramos a identificar y clasificar al otro en tal o cual casillero, elijo el término abuela; que no me dice nada, me resulta sonso, vacío, anacrónico y obsoleto; recién entonces, al colocar su rostro, se llena de olores, de colores, de momentos y de frases. Y una parte de ese delta natural infinito de antaño que la vio nacer, y que me ha sido dado, vuelve a latir en mí, desde sus cálidos brazos.

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